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viernes, 8 de julio de 2011

"Los Cuenteros"

“Los Cuenteros”
(Crónicas Inconclusas)
Caía la tarde en la “Ciudad de Piedra” el sol lucia cansado, la luna se miraba al otro costado esperándolo, para velarle el sueño; los grillos afinaban sus violines bajo las piedras, mientras las estrellas se envolvían con las nubes porque de pronto sintieron frio.

A falta de televisión, la imag ...inación creaba imágenes e historias, que por medio de la tradición oral, pasaba de generación en generación, sufriendo a su paso con las exageraciones, los detalles que se pierden y los que se agregan. Mas lo cierto es que los patojos, no perdían la ocasión para ir al parque a escuchar a los cuenteros, que tenían ese encanto de crear imágenes con las palabras y ponerlas en acción con tan solo la modulación de la voz y la gesticulación, que de por sí ya era todo un show. Ya para esa hora los patojos se habían cenado una tasita de café acompañada de una champurrada, frijolitos y pan francés. De las casas de teja roja, de portones de madera y un jardín en medio, el cual era el remedio para eso de la depresión, de esas casas de paredes altas y anchas, con ese aire antigüeño, salían los patojos rumbo al parque, porque querían escuchar, la historia que los cuenteros, hoy iban a contar.

De repente aquel cielo de nubes espumosas y azul de eternidad, empezó a transformarse, cual si fuera el escenario de una obra teatral… Un patojo se escondió en un matorral, porque sintió miedo, mas no quería irse, la atmosfera a todos había hechizado; el viento silbaba por las ventanas, como invitando a los adultos a unirse. De pronto el parque estaba abarrotado, los grillos dejaron de afinar sus violines y un aroma a rosas la atmosfera invadió. El cuentero pidió su pocillo de peltre con café y casi se trago el pan, pues hasta el cielo empezó a tronar ante la impaciencia de escuchar.

Todo se quedo en silencio y una nube de suspenso, se tendió sobre el parque central… El viento empezó a soplar, despeinado las cabezas y volando uno que otro sombrero, entonces pego un grito el cuentero ¡Silencio! ¡Silencio! Es todo lo que se escucha, solo una gota de una ducha molesta a los que duermen en las paredes…Un perro empieza a maullar, un patojo llora en su cama con ganas de ir a mear, mientras el viento hace rechinar a las ventanas, por donde escapan los fantasmas… ¡Hay mis hijos! ¡Hay mis hijos! Una mujer de blanco, pone de manifiesto su pesar, mientras el Cadejo, la ve atreves de un espejo; en un caballo viejo el Sombreron, provoca que a una doncella se le pare el corazón, mientras a falta de espacio en el panteón, el Sepulturero Sangrón entierra a los difuntos, parados en las paredes -¡Huy, qué horror! ¡Ave María purísima! ¡Gran poder de Dios! El cuentero espera a que se terminen las letanías, para seguir con la Historia. Nuevamente el silencio hace presa de la audiencia y el cuentero con diligencia se traga otra taza de café, pero el cielo se impacienta y un par de rayos acaba de lanzar. Todos se persignan y desde lo alto el volcán se empieza a carcajear.

Luego se escucha los cascos de un caballo, pegando en las piedras, las cuales parecen quejarse, un par de grillos saltan por aquí y por allá, mientras las luciérnagas azules parecen traer mensajes del más allá… con toda esa nueva introducción, el cuentero toma posición y sigue con la historia. – ¿Qué? Acaso no se han preguntado, el porqué de la anchura de las paredes de sus casas, acaso no se han dado cuenta que son el aposento de insectos que llevan en sus patas la sangre de aquellos que fueron enterrados con los ojos abiertos y hoy están despiertos… -¡Dios Santo! Puchica uste, agora hasta dentro de la casa voy a sentir miedo, como que no fuera suficiente con la Llorona, el Cadejo y el Sombreron paseando por las calles. Shhhh, Shhhhhhhh cállese señora. Si ustedes tocan las paredes de su casa notaran que al tocarlas, no son huecas y esto es porque los difuntos de los ojos abiertos descansan allí. –Hermanito Pedro, por vida tuya ruega por nosotros. Shhhh, shhhhhhhh. Llegara el día en que eso difuntos reclamen su descansó, porque, para ellos no se aplica aquel dicho popular: Para el que quiere morirse, aun que parado lo entierren. ¡Hay Hermanito Pedro, suena tu campana! Ya cállese porfa doñita, ¡Cálmese! Es solo una historia. En eso el cielo vuelve a tronar y los patojos sienten que se les sale el corazón. Las Ruinas de Santa Clara y todas las demás, están plagadas de almas que esperan su sepultura, son inocentes que murieron con los ojos abiertos y nadie rezo por ellos, porque nadie supo de su existencia, porque nadie supo que murieron…Pero hoy están mas vivos que muertos; en eso nuevamente el cielo empieza a tronar y desde allí las almas al recordar sus cuerpos empiezan a llorar… Todos salen corriendo buscando donde resguardarse de una lluvia que trae hasta granizo. En pocos minutos el parque queda desierto, como si todos hubieran muerto, entonces los grillos empiezan su serenata y las rosas desde los jardines los escuchan y el cuentero toma su pocillo de peltre con lo último que le queda de café y se va silbando, acompañado de las luciérnagas azules, por el bulevar donde se prohíbe olvidar…
Oxwell L’bu Copyright © 2011
Foto: Veronica Donis

domingo, 26 de junio de 2011

***Miguel Ángel Asturias***

***Miguel Ángel Asturias***
Miguel Ángel alza su pluma
con una nueva propuesta,
que apuesta a esa mescla
entre la magia de la imaginación
...sin perder en la realidad la intuición.

Sus líneas, sus palabras son
como el arado que abre surcos,
en las mentes de sus lectores,
que luego como tractores
van esparciendo la semilla.

Semilla de nuestra América
precolombina que se reviste
de magia, leyenda, misterio
y folklore…

Miguel Ángel que despiertas
a Cara de Ángel en un basurero,
del letargo de la comodidad
a una realidad que le era esquiva.

La riqueza de tu pluma nos lleva
de un “Weekend en Guatemala”
cargado de aromas y colores
así como de esos fantasmas,
que aun viven en las bananeras…

Tu prosa se reviste con la belleza
de la poesía que es una estrella
que brilla cuando al intelecto
lo asalta la obscuridad.

Controversial y retador,
nos muestra la otra
cara del amor..

Hablándonos de la historia
que el conquistador degrado,
pero que el tiempo nunca olvido.

Miguel Ángel fue tu mano
la de un ángel que con los
pies en la tierra hecho a volar
la imaginación.
Oxwell L’bu

miércoles, 1 de junio de 2011

“La Maldición de las Cabras”


“La Maldición de las Cabras”
(Leyendas de la Colonia)

¡Quieren corbatas! ¡Quieren corbatas!.... ¡No tengo tacuche! Cada atardecer pasaba a la misma hora de siempre, en las calles de siempre, la misma señora, con el canasto en la cabeza donde llevaba las apetecibles corbatas en miel (Eran como grandes ojuelos fritas de maíz) gritando ...a todo pulmón por las cuadras de la Colonia, los patojos la veían y cuando iba ya por la esquina le gritaban: ¡No tengo tacuche! Y ella regresaba pensando que le querían comprar, pero al acercarse se daba cuenta de la broma de los patojos y sin cobrarle importancia, se daba la vuelta y seguía su camino…


Todos los días al terminar las clases, se veía una jauría de patojos tomando por asalto las calles jugando cincos, trompo, saltando cuerda en fin aquello era un manicomio de risas, carcajadas, voces cantando, otros silbando, nunca se vio un campo de recreo tan grande y a tantos niños jugando, saltando, de arriba para abajo supervisados a la distancia por el coloso volcán, que se levantaba como centinela de aquella muralla verde que rodeaba aquel lugar que era como un pueblo en plena metrópoli.


Por la cercanía en cuanto a distancia, pero la lejanía en cuanto al tiempo que llevaba va, llegar al centro de la capital, los vecinos de la Colonia desarrollaron una especie de autoabastecimiento en cuanto a las cosas básicas del diario vivir y también llegaban vendares y vendedoras, quienes ofrecían sus productos y servicios, como las tortillas, el pan, servicios de reparaciones en fin; algunos lo hacían de forma ambulante, por lo que se les veía pasar por las calles de la Colonia desde que amanecía, hasta al anochecer.


Si había algo que las mamas odiaban era el paso de las cabras al amanecer que provenían de las fincas que aun estaban alrededor de la Colonia, pasando el barranco. Todos los días alrededor de las 5 de la mañana empezaba su recorrido por toda la colonia aquel rebaño, devorando a su paso los jardines que con tanto esmero cultivaban y cuidaban los vecinos y dejando en su camino un rastro de excrementos en forma de bolitas, que los más chicos confundían con cincos, con los que se ponían a jugar… Luego al medio día las señoras ofreciendo las tortillas para el almuerzo y al llegar la tarde sabiendo que los patojos ya estaban en casa, pasaban los que vendían de todo tipo de chucherías para alegría y antojo de los patojos y enfado de las madres, que mas de una vez veían que se tomaba por asalto el presupuesto y luego los patojos ya no querían cenar.





No faltaban aquellos que les gustaba bromear y de vez en vez se pasaban de la raya. Fue en una de esas tardes lluviosas que los patojos decidieron jugarle una pasada a la señora de las Corbatas… A la hora de siempre, sin importar si llovía o hacia sol ella pasaba gritando a todo pulmón ¡Quieren Corbatas! ¡Quieren Corbatas! Los patojos lo tenían todo listo, habían colectado con antelación un montón de ronrones, que son fáciles de encontrar en los meses de lluvia y algunos sompopos de mayo, se subieron en una de las casa al tejado y alguien desde otra casa la llamo, haciéndole creer que quería comprar sin dejarse ver, la señora rápidamente regresó y al pasar por aquella casa los patojos le dejaron caer aquel puño de sompopos y ronrones sobre el canasto, ella sin percatarse bajo el canasto y enseguida los ronrones volaron a su rededor y los sompopos se incrustaron en la benditas corbatas , echándole a perder la venta … Los patojos sin poder contenerse se carcajeaban, por lo cual ella pudo verlos. -¡Ah! Patojos cabrones, uno queriendo ganarse la vida y ustedes jodiendo, pero ya van a ver, les juro que se van a acordar de mi. Una señora se dio cuenta de lo ocurrido y no dudo en irles a llamar la atención, pero ya era tarde la maldición pronto se diseminaría a lo largo y ancho de aquella cuadra.

Las cabras como siempre seguían pasando cada amanecer, pero al llegar a aquella cuadra, ya no se abrazaban a comerse las flores de los jardines, si no a orinar en ellos y al irse dejaban un fuerte y desagradable olor, que duraba todo el día y poco a poco los jardines dejaron de florecer y por consiguiente las flores empezaron a ser las grandes ausentes. Los vecinos decían: ¡Es por las cabras, es por las cabras! Por lo que decidieron impedirle el paso cuando estos cuadrúpedos se disponían a entrar, pero aun así pasaron los mese y por mas esmero que le ponían aquellos jardines, no volvieron a prosperar aun que se plantaran la flores en maseta. Poco a poco los vecinos empezaron a renunciar a tener un jardín y empezaron a aprovechar aquel espacio, para construir un cuarto o agrandar la sala.

Paso el tiempo y un 4 de febrero por la madrugada a todo el país le sorprendió un terremoto que dejo grandes destrozos en la infra estructura del país y cobro miles de vidas. Pero como por milagro, aquellas casitas resistieron la sacudida de la tierra, sin que se reportaran daños en sus estructuras o peor aun la muerte de algún vecino…Excepto en aquella cuadra, pues aun que las casas resistieron, una falla geológica se vio pasar exactamente allí, por lo cual solo en aquella cuadra hubieron daños en las casas. Puede ser que todo sea una casualidad, puede ser no sea más que el producto de atar cabos sueltos, para luego hacerlos encajar, pero lo cierto es que una maldición puede muchas cosas cambiar.
Oxwell L’bu
Fotos: Roxana Funes y Mynor Fernandez